martes, 20 de octubre de 2020

EL REBAÑO DE DON CIRILO (cuento)

 La neblina que caía cuyas gotas de lluvia aumentaban cada vez más, los paisajes de los andes llenos de nieve se sucedían interminables, el nuevo panorama se iba desnudando del verdor de su vegetación para ir tornándose gris, comenzaba a aparecer los ”ichus” como mantas doradas en la inmensa pradera desértica y bañados por la brisa cuya fuerza del viento formaban olas de incomparable belleza; los El esplendoroso día se fue nublando, Esteban no alcanzaba a distinguir los enormes cerros, por la densa penachos de los Andes formaban cadenas interminables de cumbres y presentaban nieve perpetua en sus cimas de una preciosa majestuosidad que servían como postales de mucha belleza y que daban la vuelta al mundo exhibiendo la natural de esta cordillera de los Andes. Pronto llegaría a la cabaña incrustada entre los parajes maravillosos de los Andes prodigiosos de ricos pastizales, alimento divino que la naturaleza supo prodigar para la crianza de excelentes ejemplares y la ubicación inmejorable de la cabaña construida de hermosas maderos de eucaliptos y que con gran destreza construyo don Cirilo cuando todavía era muy joven pionero de los extensos poblados que habían dominado los andes viviendo tras generaciones con la cual era un ferviente poblador capaz de enfrentar los retos que le ofrecían las punas. Casi un ermitaño se había convertido, pues amaba a sus ovejas convertidos en extensos rebaños que se deleitaba con su existencia y de como se reproducían y el los criaba y los pastoreaba con una pasión increíble solo comparable con el amor que sentía por esa tierra. Don Cirilo que así lo llamaban tenía una familia en la gran ciudad y se acordaba mucho de Esteban su único sobrino que él supo criar desde muy tierno hasta que tuvo que emigrar a la ciudad para su educación. Don Cirilo de aspecto amable y bonachón con sus botas de cuero forrado en piel de oveja que desafiaba el intenso frio de la puna; su vestimenta de lana de oveja, hacían de él un ser muy afortunado acompañado de su fiel amigo “miqui” un perro lanudo que él había sabido rescatar de una jauría de lobos en afán de llevárselos, se convirtió en su mejor amigo fiel, le tomo cariño y aprecio y le enseño el pastoreo de las ovejas; le enseño a recolectarlas, a que cuando se extraviaran ir tras ellas, y regresarlas al rebaño; le enseño a enfrentarse con ‘precaución a los lobos, que pretendían siempre llevarse a las ovejas; él las ponía a buen recaudo; “miqui” se convertía en algo esencial de ayuda a don Cirilo que lo recompensaba con un buen pedazo de carne seca que llevaba como fiambre. Tornándose una pareja inseparable “miqui” se convertía en un guardián ovejero que era muy reconocido por todos los pastores del condado, con sus reconocibles ladridos, las ovejas lo obedecían y él se sentía orgulloso moviendo la cola en señal de júbilo se acercaba a don Cirilo que muy paciente ya le esperaba en lo alto de la colina fumando su gran pipa y envuelto en una cobija de lana gruesa y haciendo una pequeña fogata donde calentaba el café del medio día . Eran días felices de paz y armonía él y “miqui” se la pasaban en sus faenas pastoriles. Don Cirilo desde muy joven había incursionado en esta faena; su familia su única hermana vivían en la ciudad con su pequeño hijo Esteban, que era muy querido por don Cirilo, en muchas ocasiones y en vacaciones lo tenía en su cabaña y disfrutaban de su estadía. Esteban quien apreciaba mucho a su tío. Tomándolo como una leyenda la proeza de don Cirilo de vivir muy cerca de su rebaño , es allí donde aprendía a querer el pastoreo, era un contacto con la naturaleza y los animales; le gustaba admirar la belleza de los Andes, sus grandes extensiones que daban hasta el horizonte, impregnado de de un manto color dorado en ondeantes oleadas por el viento que engrandecían al “ichu” majestuoso como una alfombra dorada en la inmensidad del estero, hasta llegar a unas lagunas de aguas cristalinas que en las noches de luna parecían espejos de plata resplandeciendo la penumbra de la noche con mágica encanto; en el que aprendió a deleitarse con el cielo cubierto de estrellas y que “miqui” solía ladrar incansablemente y corría tras la ruta de algún lucero que caía en la inmensidad del cielo; Cuanta nostalgia se le venía a la mente, Ahora regresaba a ver a don Cirilo esperaba dirigirse al pueblo para saludar a tantas amistades; quizás algún recuerdo amoroso de juventud quizás a tanta gente que era querido por don Cirilo, su admirable don de gente preocupado por los olvidados de ese pueblo donde solía acudir a aliviar las penas de los desvalidos de alguna comunidad que caía en desgracia , don Cirilo se aparecía con el apoyo que necesitaban, quizás con una oveja en ristre, para ser utilizados y solucionar la falta de alimentos de niños y adultos. Su inclinación religiosa hacia que cada pueblo contara con un templo para que puedan venerar a su Dios , que con tanta fe acudían a orar y les dotaba de un campanario cuyo tañer de sus campanas se escuchaban de un pueblo a otro, eso lo convertía en un hombre filántropo . Don Cirilo había conquistado los Andes, la soledad de las punas lo había convertido en pueblos con vida, con fe y esperanza ; le agradaba transmitir felicidad interior que se manifestaba con música, la quena cuyos sonidos mágicos prevalecían ante el silencio de esos Andes majestuosos; don Cirilo aprendió a quererlo y a amar al indio que tocaba su quena , lo llenaba de sentimiento, lo renovaba, le llenaba de energía escuchar el sonido de esas melodías, tristes, lastimeras, le llenaba el corazón , vertía lagrimas de felicidad de desahogo, su espíritu se elevaba hasta sitios recónditos y el eco de esas melodías lo ayudaban a vivir. Quien podría vivir en esos parajes solitarios donde el azote del viento frio era predominante pero ideal para la vida salvaje de la fauna andina. Se deleitaba con el vuelo majestuoso del águila andina , de los majestuosos cóndores que con sus inmensas alas extendidas parecían dominar las cumbres inhóspitas , frígidas , pero llenos de belleza indómita; esas aves majestuosas que no pedían nada pero que proporcionaban la belleza de una naturaleza prodiga. Don Cirilo se deleitaba cuando esas aves majestuosas en su vuelo cotidiano se acercaban velozmente hacia su presa, conejillos silvestre que despreocupadamente se encontraba en la estepa o alguna oveja del rebaño de don Cirilo se desviaba del rebaño; “miqui” lo presentía y empezaba a ladrar con tanto vehemencia que se escuchaba por toda la estepa ahuyentando a tal depredador.

Mucho tiempo el pastoreo había constituido una de las tareas más gratas de don Cirilo comparada con las mas dedicados profesiones , porque esa acción implicaba según él tener un conocimiento cabal del tiempo, inclusive llegar a una predicción del estado del tiempo las posibilidades de prever fuertes vientos de prever lluvias, nevadas donde la mayor parte del “ichu” era cubierto de nieve que perjudicaba el pastoreo, diseñar estrategias para proteger al rebaño en ubicar guaridas y cubiertas y la realización de estrategias contra el ataque contra el acoso de animales depredadores; es decir que no se alejaran de las zonas del ámbito de vuelo de cóndores y águilas porque él y “miqui” se encargaban de eliminar a tan inoportunas depredadores, es decir debía encontrar la zona libre para un exitoso pastoreo , planificaba las mejores zonas.

Con respecto a la reproducción del rebaño era muy cuidadoso para asistir a las ovejas recién nacidas, les construía cabañas pastoriles donde eran conducidas los nuevos ejemplares y los sometía a muchos cuidados para los recién nacidos; esas técnicas las llevaba a cabo con sumo interés así como también transmitía a los demás pastores para que obtengan mejores resultados; una enseñanza que el pueblo lo asumía. Don Cirilo creía en la vida, en la grandeza del espíritu; creía en la gente que lo daba todo; creía en sus Andes misteriosos, en sus Andes majestuosos coronados de nieve perpetua; creía en las estepas llenos de sus preciosos pastizales milenarios de belleza indómita, de sus oleadas ante los vientos fríos que los acariciaba en un concierto mágico de armonía y belleza; creía en la inmensidad de esas tierras por conquistar esperando la acción del hombre para derrotar al destino que ponía a reto a todas las generaciones como símbolo de progreso pero que la mayoría de las veces el hombre se veía derrotado y lloraba su desgracia y se amparaba en una quena; lloraba sus penas, sus lagrimas caían en esa tierra fértil prodigiosa y le servían para hacerse más fuertes, más tenaces, eso era la magia de los andes, la magia perpetua que lo absorbía y le llenaba de fortaleza. Así cavilaba don Cirilo, con su pipa en la mano y absorbiendo bocanadas de su perfumado tabaco mezclaba los aromas de los andes, formando coronillas de sus bocanadas hacia flotar en ese cielo azul y “miqui” que seguía a esas coronillas lanzando ladridos de diversión hasta que se diluían en el espacio. Don Cirilo pastaba su rebaño solo, acompañado de su fiel “miqui” pero en realidad no estaba solo en esa inmensidad, lo acompañaban los interminables escarpados; lo acompañaban el eco de su voz cuando llamaba a sus ovejas ¡ovejaaas¡ el eco de su voz se escuchaba en el infinito y él se deleitaba escuchando su voz por varios minutos, un eco que nunca acababa y se perdía a través de los picachos de nieves perpetuas, inhóspitas, de quebradas con hilo de plata que bajaban desde lo alto con sus aguas cristalinas, burbujeantes alborotadas puras; un eco que no terminaba, seguía viajando como viajan las aves, los cóndores con sus vuelos majestuosos. Así el eco de la voz de don Cirilo viajaba a través del aire frio de la estepa. La temporada de pastoreo comenzaba con el refulgente amanecer donde hacia aparición un sol radiante que caía sobre las extensiones de la estepa y un viento helado cubría el momento en ondulantes ráfagas, el verano llegaba y don Cirilo se alegraba de haber pasado ese frio invierno y el rebaño parecía apreciar tal momento puesto que retozaban felices con grandes saltos al aire como tratando de agradecer a esa naturaleza que se mostraba por demás generosa, se escuchaban los validos de esos excelentes ejemplares y que ya se encontraban listos para el esquile y llegaba el gran momento de las grandes ovejas preñadas en el invierno daban sus crías los mejores ejemplares de ese rebaño tan apreciado. Don Cirilo , que acudía en pos de los nuevos ejemplares, los cargaba con suma dedicación y los ponía a buen recaudo de los depredadores que acechaban constantemente ; después de hacer esa rutina se dirigía a su cabaña a colocarse cerca a la chimenea a saborear un delicioso puchero andino que era su especialidad culinaria compuesta de abundante trozos de carne fresca, de carne ahumada seca con una variedad de las hortalizas que solía sembrar en ese pequeño invernadero y sustentadas con unas deliciosa papas del ande prodigioso y de grandes propiedades alimenticias. La presencia de don Cirilo en estos parajes eran un complemento a la armonía con una belleza inhóspita de aquellos Andes tan terribles por su clima agreste y a la vez bello por sus incomparables paisajes, la naturaleza se había deleitado en hacer en este mundo lo incomparable, lo indómito , lo pictórico lo incontrastable; don Cirilo era una pieza más en este paraje tan bello: la presencia humana lo hacía parecer como dominado por el hombre, que todo lo puede, que todo lo hace con amor con pasión incomparable, casi indómito como la fauna que suele habitar en estos parajes y su mejor dominio de esos Andes profundos era el sonido de la quena lastimera casi implorante pero con gloria de triunfo y que a través del eco viajaba por todos los rincones de esta tierra bella; por eso don Cirilo dejaba toda su existencia a esta maravilla que muchas personas no saben apreciar; el demostraba que el hombre con muchas pasiones es capaz de de hacer sucumbir cualquier mito, de acentuar su presencia dominante; en este caso él, al majestuoso Ande de incomparable belleza escondida . Su rebaño era un motivo para manifestar su amor por esa tierra , había dejado toda su vida en las estepas , su organismo le anunciaba que pronto llegaría su fin y sufría de melancolía, de nostalgia de tan solo saber5 que ya no sería parte de ese bello escenario que la naturaleza le prodigaba , sentía que debía partir, dejar esos paramos, dejar esas cumbres rocosas, esos picachos con nieves perpetuas; ese sol naciente esplendoroso con sus brisas frías que le calaba los huesos y que ya no podía soportar el triunfo de los Andes ante el ímpetu de don Cirilo que todo su vida había sido desafiante, pero él estaba seguro que vendrían mas don Cirilo que toda su vida había sido desafiante , pero el estaba seguro que vendría mas Cirilos y que la humanidad avanzaba ya no serian estos parajes solitarios el progreso lo invadiría. Era la esperanza que albergaba tenía esa bella ilusión, se acordaba desde el primer día en que piso este paramo se quedo prendado y que desde ese mismo día no regresó a la ciudad; recordaba como cortaba los enormes arboles de pino para construir con sus propias manos la cabaña que era su fortin..ooo

Esteban ya se encontraba allí, acudiendo al llamado de don Cirilo para ayudar en el pastoreo de su valioso rebaño de ovejas, pues don Cirilo se encontraba postrado en una cama enfermo, un mate de yerbas esperaba ser ingerido por el enfermo, él con mucho esfuerzo suplicaba el no poder atender su rebaño debido a su enfermedad Esteban accedió de inmediato en respuesta a sus ruegos, y llegó para cumplir esa tarea , lo acompañaría “miqui” el perro lanudo de don Cirilo que era gran conocedor de la faena pastoril,

Comprendiendo la tarea encomendada. Esteban se preparó para iniciar la faena de ese día “miqui” salió corriendo directo al rebaño que se encontraban en un corral ayudado por Esteban que le ayudó a abrir la pesada puerta por donde salieron perro y ovejas; “miqui” al mismo tiempo con sus ladridos ordenaba el rebaño conduciéndolo hacia una colina lejana en la que deberían estar al medio día, allí hicieron una parada mientras el rebaño en su incansable pastoreo se alimentaban cortando la hierba dejando una preciosa alfombra dorada en el llano.

. Había llegado la hora del almuerzo, en el atado que habían llevado Esteban , había unos trozos de charqui, unas papas arenosas sancochadas y un trozo de queso mantecoso, que proporcionarían suficientes proteínas para el sustento de ese día; “miqui” también departió su alimento con suma avidez devoraba un trozo de charqui. En ese momento salió corriendo, dejando su charqui que tranquilamente disfrutaba, tras de una persona con la misma ropa y el sombrero de don Cirilo y que estaba dirigiéndose a una cueva, no muy lejana. Esteban levantó la mirada y también vio a esa persona que parecía don Cirilo dirigirse a esa cueva , se levantó presuroso y fue tras de “miqui” que corría tras de esa persona sin poder alcanzarla; después de mucho correr tras esos pasos llegaron y no encontraron a nadie, la cueva lucía vacía, solo algunos murciélagos revoloteaban dentro.

Esteban consternado y curioso se introdujo en la cueva para averiguar lo que estaba pasando y sucedió lo incomprensible mágicamente “Esteban se encontró en su niñez de la mano de don Cirilo que le decía, vamos Esteban te llevaré al colegio ya que no debes llegar tarde, caminaban juntos pero luego le compraba unos juguetes para poder jugar con ellas , luego se encontraban en unas bicicletas pedaleando a través de los inmensos prados y hasta haciendo competencias muy alegremente, luego ya era adolescente , veía la imagen de su madre toda ella cariñosa que le alisaba el cabello, le sacudía la vestimenta del polvo del camino y le acomodaba el corbatín, y le ponía a hacer sus tareas, luego él se iba con don Cirilo acompañándolo en el pastoreo de su rebaño, por inmensos prados”

En esos instantes el cielo se fue oscureciendo por la acción de una densa neblina que cundía el lugar; se escuchaba el sonido de una flauta que a lo lejos entonaba una melodía triste casi lastimera que producía mucha tristeza, después de mucho rato el cielo por fin se fue despejando y Esteban logró salir de la cueva, sorprendido de lo que le había sucedido presagiaba algún acontecimiento nefasto que iba a suceder; “miqui” recostado sobre sus patas delanteras con la cabeza erguida miraba siempre al rebaño, en cualquier momento salía corriendo tras alguna oveja que se alejaba del rebaño,

La tarde caía, era señal de regreso a la cabaña, “miqui” a una voz de vamos de Esteban salió corriendo a juntar el rebaño, para iniciar el camino de regreso, la caminata era silenciosa y decadente, el avance paulatino, nada perturbaba esa calma que flotaba en el ambiente , una ligera brisa de aire frio empezó a correr, Esteban con las manos dentro de la gruesa chaqueta abotonada hasta el cuello y la chalina alrededor del cuello a la bandolera se proporcionaba un calorcito agradable y lo completaba el atuendo, una gorra tejida con lana de oveja que le cubría hasta el borde de las cejas tapándole las orejas, mas el pantalón de grueso corduroy verde tipo militar, hacía juego con los botines “Caterpiller” que facilitaban la caminata. Seguía sin comprender lo que le había sucedido pero en parte sentía cierta felicidad haber encontrado a su madre en aquellas circunstancias y también le parecía haber vivido un sueño con el tío Cirilo

A lo lejos aparecía la cabaña con su humeante chimenea; era la tarde sombría, comenzó a sentir algo pesado en el ambiente y se empezó a oír ahora el tañido lastimero de una campana con sonido intermitente pero espaciado, anunciando el fallecimiento de algún lugareño cuyo tañido llenaba todo el cielo hasta el fondo de los cerros que con sus cúspides blancas parecían escucharlas y cuyos sonidos se convertían en ecos profundos que escarapelaban el cuerpo. Llegando a la cabaña Esteban y “miqui” haciendo su tarea de guardar el rebaño, ingresó a la cabaña y vio un cuerpo inerte sobre una mesa y con cuatro velas encendidas, allí se encontraba el cuerpo de don Cirilo que había dejado de existir. Esteban no pude resistir el aire enrarecido de la cabaña, unas lagrimas asomaban en sus mejillas por la pérdida de ese ser tan apreciado y ya comprendía que se había querido despedir de él y de “miqui” yendo al lugar del pastoreo.

Contaban los habitantes que en sus momentos de agonía habían visto a don Cirilo por varias partes del pueblo, quizás despidiéndose de sus familiares y conocidos. El cura del pueblo dio unas oraciones encomendando el alma a Dios con un “Descanse en paz Don Cirilo”.

Todo el pueblo empezó a llegar para el sepelio llevando flores blancas en sus manos, hombres, mujeres, niños y ancianos de todas las regiones y ciudades los que lo estimaban , los que lo apreciaban, unos granjeros llevaban sus gallinas , gansos y canastas de huevos frescos en señal de ofrenda al fallecido; los panaderos llevaban panecillos de harina recién horneadas en bandejas de madera que Esteban se encargaba de recibir, otros granjeros llevaban leche fresca recién ordeñada en tinajas, además de quesos de varios sabores , otras personas llevaban velas, muchas de ellas encendidas que llenaban toda la casa, todo el patio, y los senderos de ingreso de la casa; en las ventanas colocaban flores y velas blancas y de colores que permanecían encendidas día y noche velando el cuerpo inerte de don Cirilo, que permanecía intacto tal como se encontró la mañana de su fallecimiento a pesar del tiempo transcurrido; sobre la mesa iluminado por la luz de las velas el pueblo entero rezaba, y no terminaban de rezar, las campanas de la iglesia no cesaban de repicar un redoble fúnebre , que se sentía en todo el pueblo y en los pueblos aledaños ,y la gente seguía llegando.

El lugar se llenó de una espesa niebla similar a la experimentada por Esteban cuando salió de la cueva y que a la casa le daba un aspecto tétrico. Solo las velas iluminaban el lugar y el camino al cementerio donde debería ser llevado don Cirilo. Las ofrendas de toda índole seguían llegando y ahora se guardaban en los graneros. El rebaño de ovejas permanecía en silencio en los corrales y “miqui” entró en un profundo sueño que no despertó hasta el día en que fue el entierro. Al ataúd de don Cirilo; lo acompañaba un cortejo fúnebre, iba Esteban acongojado y a su lado “miqui”, la densa neblina se hacía más espesa y solo se distinguía el camino por las velas encendidas en todo el trayecto. El pueblo le dedicó mucho tiempo de duelo y hasta que el ataúd fue depositado y cubierto de tierra en el cementerio. Después del último lampazo de tierra en esa tumba, la niebla se fue disipando, las velas se fueron apagando y se lleno de luz el escenario y se leyó en su lapida el epitafio AQUI YACE DON CIRILO, QUIEN FUE AMADO POR SU PUEBLO.

































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