ANDRES EL, EMIGRANTE cuento
- Andrés,
cansado de trabajar en su tierra natal decidió ir a la ciudad.
Aunque èsta se encontraba muy lejana estaría decidido a hacer
realidad su sueño de partir. Ya no soportaba el estancamiento de su
terruño, tenía que salir; tal como lo hizo su primo “pancho”,
aunque no sabía nada de él porque se fue después de la última
cosecha con dirección a la ciudad. Ese día, Andrés trepó a la
cima de un camión y con un pequeño atado de ropa como equipaje,
tendría por fin la máxima aventura de su vida. A sus 18 años,
había dejado el colegio para dedicarse a la chacra de sus padres,
quienes hasta ahora se aferraban al terruño. Pero Andrés llegaba a
la gran ciudad lleno de esperanza y con muy poco de dinero. Tomó una
pensión y durmió esa primera noche entre varios emigrantes que
alojados en una sola cuadra dormían todos sobre unos petates que les
servía de colchón, igual que en su tierra, pero en cambio no tenían
las pieles de oveja para protegerse del frío; tenía el un grueso
poncho de lana tejido a mano que la “Justina” le había hecho
llegar en señal de la profunda amistad que le profesaba y que ella
consternada con su partida solo atinó a enviárselo con una prima:
Ella hubiera desfallecido con la despedida, pues moría de amor por
Andrés aunque él no lo sabía de repente lo sospechaba, pero él
estaba obstinado en dejar la chacra para ir a la ciudad, y no se daba
cuenta que el amor rondaba cerca. Esa noche no pudo dormir bien. Se
dio cuenta que eran muchos los que llegaban, dejando quizás sus
chacras, sus casas sus terruños, quizás debía conocer a alguno
pero esa noche estaba oscuro y no distinguía a nadie;
- La
mañana siguiente despertó
- en
una ciudad en la que pensaba el que la iba a recibir con los brazos
abiertos, pero la felicidad no podía llegar tan pronto, Pues salió
a la calle y se encontró con un muchacho que se le quedó mirando
por su rara vestimenta; Llevaba un pantalón de lana amarrado a la
cintura que le cubría solo hasta medio canilla, un par de ojotas que
le servían de calzado, una camisa con las mangas arremangadas, como
listo para entrar a la faena, la camisa sin cuello y una chaqueta de
lana negra confeccionada en un telar y un gorro de lana de colores
con tapa orejas propios del ande; tenía un wallqui a modo de morral
con las monedas para ir a la gran ciudad; El muchacho le entabló
conversación con un lenguaje demasiado rápido que lo entendía a
medias, y comprendió que debía hacerle un pago al muchacho, por
estar en la vereda de esa ciudad, pensó que era justo, pues se
consideraba un extraño en esa ciudad, y le entregó unas monedas, el
muchacho los recibió y se fue corriendo, por algún apuro se iría
corriendo se dijo. Ese día caminó sin rumbo mirando escaparates de
tiendas y se dio cuenta que era objeto de miradas curiosas de
transeúntes y optó por quitarse el gorro, caminó hasta que le dio
la noche y solo encontró un parque como refugio, se acomodó en un
rincón y se quedó dormido; Cuando despertó se dio cuenta que había
sido despojado de su wallqui, con todo el contenido y con su dinero;
Ahora estaba con hambre y sin dinero; pasó por un restaurante donde
veía mucha comida y se detuvo un buen rato a contemplar medio
extasiado la vitrina y no se dio cuenta de un pequeño letrero que
decía “se necesita ayudante”, cuando en eso se le acercó un
señor alto con unos enormes bigotes, un gorro blanco y mandil
impecablemente vestido y le dijo –joven si has venido por el
empleo?- no es aparente tu vestimenta, por lo tanto estás perdiendo
el tiempo- Andrés, solo atinó a decir -señor solo estaba
observando los potajes- no le dijo que estaba con hambre; ven
entonces, aquí tengo algún vestido adecuado del anterior
trabajador, te servirá y podrás trabajar, toma el cartel y tráemelo
para anotar tus datos.
- Es
así como Andrés
- se
hizo de un puesto de trabajo, y era feliz a su manera; Porque añoraba
a su primo “pancho” que se encontraba en la ciudad, y allí
podría ubicarlo, También pensaba en “Justina” lo mal que la
trataba, porque era fastidiosa; pero en realidad ahora que estaba
lejos la extrañaba, de repente , la quería por su mirada dulce ,
sus rosadas mejillas que la hacían más graciosa, su cabello negro
intenso, con sus dos trenzas que brillaban ante el sol y adornadas de
cintas de colores. Un color cada día y que se le presentaba risueña
cada vez que le veía y le traía dulces que ella misma preparaba y
él le decía que no le gustaba; Cuando veía correr en sus mejillas
quemadas por el frío de la puna, lágrimas de dolor por la pérdida
de su padre. Cuando juntaban sus manos en mutua comunión y estaban
sin decir palabra alguna, solo alcanzandose miradas de ternura y el
cielo parecía iluminarse y las palomas parecían detenerse en el
aire contemplando ese idilio secreto sin que mas nadie se diera
cuenta y cuando él quería gritar al mundo entero la dicha que le
embargaba y que solo su mirada extasiada le volvía a la realidad.
Tantas noches había llorado su ausencia, y todo eso permanecía en
sus recuerdos
- ,
Ella tan lejana
- sin
poder alcanzarla, sin poder decirle cuánto la amaba, cuanto daría
por estar a su lado, poder tocar su cabellera, en jugarla entre sus
manos sentir el aroma de su cabello para su fascinación y deleite.
Hoy no podía borrarla de su mente, Decía, aunque me encuentre en
estas lejanas tierras, quiero poder triunfar como mi primo “pancho”
que en realidad no sé cómo estará pero pronto lo sabré. Yo he
venido a esta tierra a triunfar, aunque se me rompa el corazón;
Luego así entraba en sueño para luego volver a la realidad,. No
estuvo mucho tiempo en ese trabajo pues resolvió emprender un nuevo
rumbo ya iba conociendo la ciudad y la ciudad iba conociendo a un
Andrés, más decidido, más cuajado; La suerte le sonreía a fuerza
de tesón y trabajo; comenzó a frecuentar otros ambientes y
amistades en eso un –Buenos días señor Andrés,- lo saludaba una
bella joven de buen porte esbelta y fina, Andrés contestaba el
saludo con mucha atención, ya no era aquel Andrés temeroso el que
llegó hace algún tiempo; Cuánto había mejorado su vestimenta:
llevaba una camisa impecable con mancuernas doradas en el puño, un
chaleco de gabardina con exquisito corte inglés, que entallaba su
estructura, que también había cambiado con más musculatura, de
porte más atlético, con un rostro más adusto, serio y curtido por
el paso del tiempo. Pero siempre mantenía el rasgo del hombre del
ande, su cabellera sumamente cuidada con un fino corte francés y
poseedor de un aroma de colonia inglesa al que le deleitaba usar. Esa
mañana se sintió un poco emocionado por el saludo tan inesperado de
la bella joven, un ligero estremecimiento le recorrió el cuerpo que
no había sentido desde hace mucho tiempo; siguió caminando pero
presentía que una mirada lo seguía, muy discretamente, se dio
cuenta que era la joven que vivía en el mismo edificio que él pero
unos pisos más arriba. Quizás lo haya visto cuando se encontraba en
el estacionamiento, o en las canchas de frontón donde practicaba
deportes o quizás en la piscina del edificio; esa noche no pudo
dormir –que le estaba pasando, se preguntaba -despertar el amor
ahora- no puede ser, se decía. Ya que hasta el día de hoy añoraba
su pueblo y que ahora no podía olvidar sus sueños con “Justina”,
con su chacra; Cuanta falta le hacía el olor del campo, las lluvias
enormes con su frío intenso, amaneceres llenos de paz, de
tranquilidad; solo perturbado por el vuelo de las aves. Los
atardeceres llenos de nostalgia, de melancolía y el sol ocultándose
tiñendo el cielo de color naranja mientras iba, cansado lleno de
sudor terminando la faena y se dirigía a la casa donde le esperaba
el calor de una chimenea, ardiendo con leña recién cortada. Cuanta
añoranza había en el aquí sólo, con otras costumbres, con el
vértigo de una ciudad que le absorbía, le enloquecía y que te
margina por el color de tu piel. Por su procedencia andina y que te
denigran si es que no tienes dinero.
- Un
día pasando por una venta de diarios, le llamó la atención una
noticia de un accidente, un indigente había sido víctima de un
fatal atropello y enterrado como NN. por no portar documentos y la
foto de una persona, de aspecto descuidado de enorme cabellera y
sucio, Al mirarlo se dio cuenta que era su primo “pancho” que un
día viajó a la ciudad a triunfar. Lloró hasta el cansancio el no
haberlo encontrado nunca, lo derrumbó la noticia. él que había
sido fuerte como una montaña, hoy se le aflojaron las piernas del
dolor de saber lo que le había sucedido a su primo ”pancho” el
que vino a triunfar; el que fue su inspiración para obtener nuevos
rumbos de progreso; el que había sido acicate para emprender la
lucha por el éxito; había corrido la suerte de tantos emigrantes,
ser derrotado por la GRAN CIUDAD.
- *Autor:
Ernesto Castillo Tafur
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