lunes, 26 de octubre de 2020

ANDRES EL, EMIGRANTE cuento

 

  • Andrés, cansado de trabajar en su tierra natal decidió ir a la ciudad. Aunque èsta se encontraba muy lejana estaría decidido a hacer realidad su sueño de partir. Ya no soportaba el estancamiento de su terruño, tenía que salir; tal como lo hizo su primo “pancho”, aunque no sabía nada de él porque se fue después de la última cosecha con dirección a la ciudad. Ese día, Andrés trepó a la cima de un camión y con un pequeño atado de ropa como equipaje, tendría por fin la máxima aventura de su vida. A sus 18 años, había dejado el colegio para dedicarse a la chacra de sus padres, quienes hasta ahora se aferraban al terruño. Pero Andrés llegaba a la gran ciudad lleno de esperanza y con muy poco de dinero. Tomó una pensión y durmió esa primera noche entre varios emigrantes que alojados en una sola cuadra dormían todos sobre unos petates que les servía de colchón, igual que en su tierra, pero en cambio no tenían las pieles de oveja para protegerse del frío; tenía el un grueso poncho de lana tejido a mano que la “Justina” le había hecho llegar en señal de la profunda amistad que le profesaba y que ella consternada con su partida solo atinó a enviárselo con una prima: Ella hubiera desfallecido con la despedida, pues moría de amor por Andrés aunque él no lo sabía de repente lo sospechaba, pero él estaba obstinado en dejar la chacra para ir a la ciudad, y no se daba cuenta que el amor rondaba cerca. Esa noche no pudo dormir bien. Se dio cuenta que eran muchos los que llegaban, dejando quizás sus chacras, sus casas sus terruños, quizás debía conocer a alguno pero esa noche estaba oscuro y no distinguía a nadie;
  •  La mañana siguiente despertó 
  • en una ciudad en la que pensaba el que la iba a recibir con los brazos abiertos, pero la felicidad no podía llegar tan pronto, Pues salió a la calle y se encontró con un muchacho que se le quedó mirando por su rara vestimenta; Llevaba un pantalón de lana amarrado a la cintura que le cubría solo hasta medio canilla, un par de ojotas que le servían de calzado, una camisa con las mangas arremangadas, como listo para entrar a la faena, la camisa sin cuello y una chaqueta de lana negra confeccionada en un telar y un gorro de lana de colores con tapa orejas propios del ande; tenía un wallqui a modo de morral con las monedas para ir a la gran ciudad; El muchacho le entabló conversación con un lenguaje demasiado rápido que lo entendía a medias, y comprendió que debía hacerle un pago al muchacho, por estar en la vereda de esa ciudad, pensó que era justo, pues se consideraba un extraño en esa ciudad, y le entregó unas monedas, el muchacho los recibió y se fue corriendo, por algún apuro se iría corriendo se dijo. Ese día caminó sin rumbo mirando escaparates de tiendas y se dio cuenta que era objeto de miradas curiosas de transeúntes y optó por quitarse el gorro, caminó hasta que le dio la noche y solo encontró un parque como refugio, se acomodó en un rincón y se quedó dormido; Cuando despertó se dio cuenta que había sido despojado de su wallqui, con todo el contenido y con su dinero; Ahora estaba con hambre y sin dinero; pasó por un restaurante donde veía mucha comida y se detuvo un buen rato a contemplar medio extasiado la vitrina y no se dio cuenta de un pequeño letrero que decía “se necesita ayudante”, cuando en eso se le acercó un señor alto con unos enormes bigotes, un gorro blanco y mandil impecablemente vestido y le dijo –joven si has venido por el empleo?- no es aparente tu vestimenta, por lo tanto estás perdiendo el tiempo- Andrés, solo atinó a decir -señor solo estaba observando los potajes- no le dijo que estaba con hambre; ven entonces, aquí tengo algún vestido adecuado del anterior trabajador, te servirá y podrás trabajar, toma el cartel y tráemelo para anotar tus datos.
  • Es así como Andrés 
  • se hizo de un puesto de trabajo, y era feliz a su manera; Porque añoraba a su primo “pancho” que se encontraba en la ciudad, y allí podría ubicarlo, También pensaba en “Justina” lo mal que la trataba, porque era fastidiosa; pero en realidad ahora que estaba lejos la extrañaba, de repente , la quería por su mirada dulce , sus rosadas mejillas que la hacían más graciosa, su cabello negro intenso, con sus dos trenzas que brillaban ante el sol y adornadas de cintas de colores. Un color cada día y que se le presentaba risueña cada vez que le veía y le traía dulces que ella misma preparaba y él le decía que no le gustaba; Cuando veía correr en sus mejillas quemadas por el frío de la puna, lágrimas de dolor por la pérdida de su padre. Cuando juntaban sus manos en mutua comunión y estaban sin decir palabra alguna, solo alcanzandose miradas de ternura y el cielo parecía iluminarse y las palomas parecían detenerse en el aire contemplando ese idilio secreto sin que mas nadie se diera cuenta y cuando él quería gritar al mundo entero la dicha que le embargaba y que solo su mirada extasiada le volvía a la realidad. Tantas noches había llorado su ausencia, y todo eso permanecía en sus recuerdos
  • , Ella tan lejana 
  • sin poder alcanzarla, sin poder decirle cuánto la amaba, cuanto daría por estar a su lado, poder tocar su cabellera, en jugarla entre sus manos sentir el aroma de su cabello para su fascinación y deleite. Hoy no podía borrarla de su mente, Decía, aunque me encuentre en estas lejanas tierras, quiero poder triunfar como mi primo “pancho” que en realidad no sé cómo estará pero pronto lo sabré. Yo he venido a esta tierra a triunfar, aunque se me rompa el corazón; Luego así entraba en sueño para luego volver a la realidad,. No estuvo mucho tiempo en ese trabajo pues resolvió emprender un nuevo rumbo ya iba conociendo la ciudad y la ciudad iba conociendo a un Andrés, más decidido, más cuajado; La suerte le sonreía a fuerza de tesón y trabajo; comenzó a frecuentar otros ambientes y amistades en eso un –Buenos días señor Andrés,- lo saludaba una bella joven de buen porte esbelta y fina, Andrés contestaba el saludo con mucha atención, ya no era aquel Andrés temeroso el que llegó hace algún tiempo; Cuánto había mejorado su vestimenta: llevaba una camisa impecable con mancuernas doradas en el puño, un chaleco de gabardina con exquisito corte inglés, que entallaba su estructura, que también había cambiado con más musculatura, de porte más atlético, con un rostro más adusto, serio y curtido por el paso del tiempo. Pero siempre mantenía el rasgo del hombre del ande, su cabellera sumamente cuidada con un fino corte francés y poseedor de un aroma de colonia inglesa al que le deleitaba usar. Esa mañana se sintió un poco emocionado por el saludo tan inesperado de la bella joven, un ligero estremecimiento le recorrió el cuerpo que no había sentido desde hace mucho tiempo; siguió caminando pero presentía que una mirada lo seguía, muy discretamente, se dio cuenta que era la joven que vivía en el mismo edificio que él pero unos pisos más arriba. Quizás lo haya visto cuando se encontraba en el estacionamiento, o en las canchas de frontón donde practicaba deportes o quizás en la piscina del edificio; esa noche no pudo dormir –que le estaba pasando, se preguntaba -despertar el amor ahora- no puede ser, se decía. Ya que hasta el día de hoy añoraba su pueblo y que ahora no podía olvidar sus sueños con “Justina”, con su chacra; Cuanta falta le hacía el olor del campo, las lluvias enormes con su frío intenso, amaneceres llenos de paz, de tranquilidad; solo perturbado por el vuelo de las aves. Los atardeceres llenos de nostalgia, de melancolía y el sol ocultándose tiñendo el cielo de color naranja mientras iba, cansado lleno de sudor terminando la faena y se dirigía a la casa donde le esperaba el calor de una chimenea, ardiendo con leña recién cortada. Cuanta añoranza había en el aquí sólo, con otras costumbres, con el vértigo de una ciudad que le absorbía, le enloquecía y que te margina por el color de tu piel. Por su procedencia andina y que te denigran si es que no tienes dinero.
  • Un día pasando por una venta de diarios, le llamó la atención una noticia de un accidente, un indigente había sido víctima de un fatal atropello y enterrado como NN. por no portar documentos y la foto de una persona, de aspecto descuidado de enorme cabellera y sucio, Al mirarlo se dio cuenta que era su primo “pancho” que un día viajó a la ciudad a triunfar. Lloró hasta el cansancio el no haberlo encontrado nunca, lo derrumbó la noticia. él que había sido fuerte como una montaña, hoy se le aflojaron las piernas del dolor de saber lo que le había sucedido a su primo ”pancho” el que vino a triunfar; el que fue su inspiración para obtener nuevos rumbos de progreso; el que había sido acicate para emprender la lucha por el éxito; había corrido la suerte de tantos emigrantes, ser derrotado por la GRAN CIUDAD.
  • *Autor: Ernesto Castillo Tafur




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